Chronica, Vol. 4, Núm. 4, enero-diciembre 2025, ISSN 2953-3376, pp. 224-228

 

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Entraigas, Raúl A., Pinceles de fuego. Episodios de la vida misionera salesiana en la Patagonia, (Texto revisado y corregido por Alberto Capboscq sdb). Buenos Aires: Ediciones Don Bosco Argentina. 2024, 160 páginas.

 

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Iván Ariel Fresia

Investigador formado IICE-Instituto de Investigaciones en Ciencias de la Educación, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA), Argentina

afresia@donbosco.org.ar

 

 

El salesiano Raúl Entraigas (Viedma, 1901-Buenos Aires, 1977) fue sacerdote, docente, poeta, investigador, escritor, historiador, fundador de la Junta de Investigaciones y Estudios históricos de Río Negro, miembro de la Junta de Estudios Eclesiásticos y Académicos de la Real Academia de Letras de Sevilla (España). Entraigas ‒en 33 capítulos‒ presenta a misioneros que fueron parte de la historia que recordamos, a 150 años de ocurridos aquellos acontecimientos. Publicado por primera vez en 1942 por Ediciones Don Bosco (Buenos Aires), fue reimpreso en 1947 y nuevamente impreso en 1953, sin modificaciones.

Pinceles de fuego no es un anecdotario ‒relatos entre hechos heroicos y risueños, narraciones extraordinarias de personas comunes‒ sino que contiene la narración de hechos históricos expresados en forma literaria. El autor relata la acción salesiana en la Patagonia, brindando “el marco del ambiente real en que se desarrollaron los hechos”. Ubica los personajes y los hechos en el contexto social correspondiente y desde una perspectiva crítica y superadora de planteos maniqueos, analizando los procesos a partir de matices y no de contrastes. Afirma: “Los testimonios en que reposa esta historia de proezas inéditas son absolutamente fidedignos. Siempre que me ha sido posible, he procurado que el cotejo viniese a darles una fianza más sólida de legitimidad histórica”. El libro no solo contiene vidas geniales, más o menos conocidas por el lector, sino que trae a la memoria un relato fascinante del tejido de biografías que cambiaron su entorno dramático y adverso, cuando en la Patagonia estaba todavía todo por hacerse. Pinceles es la historia de acontecimientos, de personas y de sus relaciones. Este libro nos ayuda a recordar que la historia son esas huellas significantes, no escritas con lápiz sino plasmadas a fuego, para siempre.

El 14 de diciembre de 1875, año de la primera expedición misionera a América, liderados por el P. Juan Cagliero, los Salesianos llegaron a Argentina. A su desembarco en Buenos Aires, desplegaron una ingente actividad, mientras aguardaban la posibilidad de ingresar a la Patagonia, la tierra soñada por Don Bosco. Además de trabajar en la Iglesia Matter Misericordie en Buenos Aires, también se instalaron en San Nicolás de los Arroyos (provincia de Buenos Aires) para acompañar a los migrantes italianos y a los hijos del pueblo. Inmediatamente abrieron nuevas obras en Almagro y la Boca, barrios de la ciudad de Buenos Aires, en franca expansión por las oleadas migratorias de ultramar. Por fin, en 1879, los Salesianos ingresaron a la Patagonia junto a la expedición militar del ministro Julio Roca e, inmediatamente, se hicieron cargo de la parroquia de Carmen de Patagones que habían dejado los Lazaristas; y, en 1886, Fagnano ingresaba a Tierra del Fuego. De ahí en adelante, aquellas tierras australes se transformaron en el escenario privilegiado de la misión salesiana.

A poco de arribar a la Patagonia, los misioneros asumieron que el conocimiento de las lenguas, la valoración de las culturas y el reconocimiento del otro se tornaban imprescindibles para una estrategia de evangelización, de educación y de promoción de personas y comunidades. La lógica de destrucción de las culturas mediante la violencia de las campañas militares y de la imposición cultural tornaba compleja una acción evangelizadora libre de prejuicios. Fue muy difícil que los pueblos originarios no identificaran al dios de los misioneros con el dios de los vencedores y ocupantes de sus territorios ancestrales. Más que ser condescendientes con cierta tradición historiográfica o ponernos a la defensiva de ciertas interpretaciones e intencionalidades que ubican el ingreso de los Salesianos a la Patagonia con las tropas de la “Campaña del Desierto”, la historia de las misiones y de los misioneros retratados por Entraigas muestran otra perspectiva. Pinceladas a fuego quedaron grabadas en la carne lastimada por el duro clima, en los rostros curtidos por la adversidad, en la historia conflictiva entre originarios, migrantes y fuerzas militares y en el paisaje maravilloso e inclemente de la Patagonia. Entraigas es un testigo de primera mano, y lo deja claro cuando afirma que “como hijo de la Patagonia, se precia de conocer a fondo las modalidades de esta tierra de bendición”.

Entraigas ubica en el escenario patagónico a los primeros misioneros en el medio de la acción misma. Aparece la figura de Juan Cagliero, jefe de la primera expedición misionera, posteriormente obispo y cardenal. Y también se dibuja la figura de Costamagna ‒el “divino impaciente”‒ cruzando el Río Colorado en 1878 para adentrarse en la Patagonia soñada por Don Bosco. Por supuesto que está presente José Fagnano en Punta Arenas, en 1887, presentando sus cartas credenciales como Prefecto Apostólico ante la incredulidad de los funcionarios públicos. Otro gran misionero presente en la narración es Domingo Milanesio, el gran apóstol de Junín de los Andes, el hombre de los 80 mil kilómetros a lomo de caballo. Y la lista continúa con Pedro Bonacina, el ángel del Colorado; Juan Muzio, el apóstol de las misiones en Chubut; Evasio Garrone y Artémides Zatti en el Hospital San José de Viedma; Angel Buodo, gran misionero en el far-west pampeano. Otros misioneros, menos conocidos por la historia oficial y rescatados por la memoria y la pluma de Entraigas, hacen su aparición en la narración histórica. Por ejemplo, el salesiano Francisco Agosta en Carmen de Patagones, el P. José Crema en la Misión Salesiana de Río Grande (Tierra del Fuego), el padre Pistone y el Hno. Silvestro en la desolada Misión San Rafael en la Isla Dawson; Domingo Agosta, protomártir de las misiones salesianas en Chos Malal, allá por el año 1896; el P. Marcelo Gardín en las serranías de Neuquén; el coadjutor Domingo Aguerre, en la misión de Río Grande, entre muchos otros misioneros más.

Pinceles de fuego muestra a los misioneros como hijos de su tiempo viviendo la fe, la esperanza y, sobre todo, la caridad hacia los más necesitados. Sus biografías están cruzadas entre la entrega de la vida a Dios por sus hermanos (salesianos, indígenas y criollos) y respondiendo a los desafíos de la época, impulsados por el carisma del fundador Don Bosco. Ellos no eludieron los desafíos de una geografía desoladora, de grandes distancias y escasez de medios, sino que se hicieron cargo de la transmisión del mensaje evangélico en un contexto inhóspito. En “Bajo los toldos de Arauco”, Entraigas recuerda a los lectores la historia de la famosa misión de Chichinales. Entre 1886 y 1887 se realizó aquella gran misión organizada por Cagliero, de la que participaron los misioneros Milanesio y Panaro, en la tribu de los Caciques Sayhueque y Ñancuche, a donde habían sido trasladados luego de haber sido reducidos por la campaña militar del ejército argentino. Cagliero rememora: “salía de mi rancho y sólo escuchaba el eco lejano de su llanto y de su lamento” pues los “indígenas” habían sido reducidos, desplazados y disueltos los miembros de la tribu. Y también trae la fascinante e increíble narración que tuvo como protagonista inesperado al P. Buodo. Entraigas reconstruye el relato de una fiesta en el poblado de Santa Isabel en La Pampa. A raíz de una gresca entre los gauchos, el comisario del pueblo aparece retratado sin la autoridad suficiente para enfrentar la situación en la que los “paisanos esgrimían armas que centelleaban amenazas terribles”. Fue entonces que apareció el P. Buodo, de gran porte, pacificando “a la fiera humana con su Palabra el Cielo”.

Lo más extraordinario de la gesta misionera ha sido lo ordinario: lo diario y simple, la gratuidad, la entrega y el deseo de servir a los migrantes italianos y a los pueblos originarios de la Patagonia y de la Pampa, su pasión por la gloria de Cristo y para orgullo de la Congregación salesiana. Por ejemplo, Entraigas narra las curiosidades del viaje de Monseñor Nicolás Esandi, aquel primer Obispo de Viedma, en un Tren “ovejero” para llegar a un casamiento en la capital del país y a las ordenaciones sacerdotales en Ramos Mejía. Una vez llegado, expresaba risueñamente: “Nunca me he sentido más pastor que esta noche, cuando tuve 5.500 ovejas por delante y otras 5.000 por detrás...”. Como estas narraciones de lo cotidiano y su moraleja, podemos encontrar muchas otras que ya forman parte de la tradición oral salesiana y de la memoria colectiva de muchos de los habitantes de la Patagonia, las Pampas y los territorios australes del continente.

Relatos de vida que inspiran, provocan, entusiasman. La abnegada tarea del P. Crestanello en Comodoro Rivadavia, en el colegio para los hijos de empleados petroleros, tuvo también ribetes de película. Entraigas describe la trama en “Misionero del proletariado” con lujo de detalles. Ante el conflicto laboral por reclamos para reducir las horas de trabajo y obtener mejoras salariales, provocaron huelgas, manifestaciones y reclamos ante las autoridades. El salesiano se vió involucrado directamente al enfrentarse ante “la masa proletaria que avanzaba bramando” por las calles y llegó hasta cerca del humilde colegio salesiano de entonces. Crestanello los enfrentó y les pidió que se detuvieran, que los apoyaría en el justo reclamo, y así lo hizo. Envió un telegrama al presidente de la República y, al poco tiempo, se resolvió la situación a favor de los obreros.

Esos relatos de vida mantienen en el recuerdo que lo importante es dejar huellas. Aquellos misioneros hicieron historia. Estos testimonios contados por Entraigas hacen presente la cercanía del Evangelio, y le dan ‒sin buscarlo‒ una dimensión épica a esas vidas. Aquellos misioneros nunca imaginaron que, a 150 años de la llegada de los Salesianos a América, sus acciones seguirán inspirando el empeño evangelizador a las generaciones que advienen. Sus marcas perduran grabadas a fuego no sólo en la historia, sino también en la sociedad, en la cultura, en la geografía ‒con implicancias para la actualidad‒, en la iglesia argentina, a la vez que desafían la reconfiguración de la presencia salesiana y de la Iglesia en el contexto misionero actual.